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PUBLICADO EN EL DÍA

EDUCACIÓN, FAMILIA Y SENSATEZ FRANCISCO M. GONZÁLEZ *

Querer a los hijos

19/sep/08 07:24

NADIE DUDA de esa ternura, cariño y apego de la madre hacia su bebé, que puede pasarse horas y horas mirándole, acariciándole y achuchándole, salvo caso raro y muy excepcional; y del padre tampoco. En este sentido, recuerdo las caras que me pusieron un grupo de padres jóvenes en un curso de orientación familiar, no hace mucho, cuando se me ocurrió hacerles una pregunta, de estas así de profundas y sublimes, que a veces se le ocurren a uno: ¿ustedes quieren a sus hijos? ¡¡Casi me asesinan con la vista!!

La pregunta se me ocurre porque hoy se está sustituyendo el amor a los hijos por un emotivismo, un sentimentalismo o un desbordamiento afectivo y blandengue tan ostentoso como superficial; por ejemplo, se mandan los niños al colegio con una mochila cargada de donuts, sándwich, bollicaos, batidos, cartones de zumos variados, chicles, pipas…, y una despedida tan sumamente efusiva en la parada del autobús que, como dice el profesor D. Alejandro Llano, catedrático de Metafísica y abuelo, parece que van voluntarios para el Líbano. A los hijos hay que quererlos, pero querer a los hijos es mucho más serio y profundo que todo esto, mucho más exigente y a veces nada fácil.

Con ellos hay que tener momentos de ternura, demostraciones de cariño y mucha paciencia. Esto es vital para su desarrollo y madurez, pero todo tiene su tiempo oportuno. Pero también exigirles comprensivamente, según sus posibilidades, corregirles sin miedo y ejercer una autoridad recia, seria, sin autoritarismos ni eufemismos. Esto también es esencial para su desarrollo, madurez y autoestima; y empezar cuanto antes, desde el momento de su nacimiento y no esperar a que el niño “entienda”, porque los niños, a su modo, entienden y atienden desde que nacen, de ahí la importancia de regular las horas de las comidas y el sueño. Por ahí se puede empezar.

Querer a los hijos supone jugar mucho con ellos, hablarles -aunque parezca que no se enteran- enseñarles a recoger los juguetes, a obedecer a mamá y a papá, a comer solos, aunque se pongan perdidos, a esto hay que echarle tiempo, hacerlo entre los dos y con mucho cariño y perseverancia. Y esto no es teoría de la educación, esto es así. No hace mucho, me invitó a comer a su casa una pareja joven, que precisamente no eran pedagogos, y me quedé muy sorprendido al ver sentadas a la mesa a las dos mayores, que tenían tres y dos años; y mayor fue mi sorpresa cuando la mayor, con tres años, ayudaba a la pequeña para que no tirara la comida fuera del plato, y los padres tranquilos, comiendo y hablando, porque la mayor se ocupaba de la pequeña; también había un bebé que estaba durmiendo en la cuna.

Ya entre los tres y seis años -además, a mí me parece que lo de la psicología evolutiva de mi época hoy hay que adelantarlo-, si queremos a nuestros hijos, hemos de procurar que sean obedientes, que recojan solos sus cosas, porque es más fácil hacerlo uno o una que enseñarles a recoger sus cosas, y que digan la verdad. No hay que esperar a que se lo enseñe la “seño”, esto es cosa de papá y mamá; así como enseñarles a distinguir el juego del estudio, de los deberes o del trabajo, porque si no y si nos creemos lo que dicen la Logse o la Loe, que todo se aprende jugando y sin esfuerzo, cuando nuestros niños sean un poco mayorcitos, nos van a dar unos cuantos disgustos y ellos lo van a pasar muy mal. Y sobre todo cuando llegue la adolescencia, que “pasarán” de sus padres; lo que no les hayan enseñado sus padres, lo van aprender y, tal vez, bastante mal, con otros colegas y en la calle. Y en la calle hay de todo, hay gente muy buena, pero hay otra que a lo mejor no es tan buena; hay quioscos con unas quiosqueras encantadoras, pero en otros venden de todo. Cierto que la educación de los hijos no depende exclusivamente de los padres. Además, nuestros hijos son libres y, llegada determinada edad, si los queremos de verdad, tenemos que dejar que ejerzan su libertad y que sean ellos.

No es bueno elegirles la carrera o el trabajo, se les debe orientar o sugerir. Puede frustrar mucho -conozco casos- hacer una película con la vida de los hijos, pero quienes van a estudiar o trabajar son ellos, o deben ser ellos, por lo tanto son ellos los que deben elegir. Lo mismo con lo del novio o de la novia, que a mi modo de ver hay que dar gracias a Dios porque lo tengan o la tengan, a su tiempo. En esto sí que hay que orientar y educar a los hijos, pero desde muy pequeñitos, porque, si de verdad los queremos, qué mejor muestra de cariño que educarles en el amor y para el amor. Y después que sean ellos quienes decidan, libre y responsablemente, como les hemos enseñado, y que sea lo que Dios quiera, pero por nosotros que no quede. Por eso, ¡porque los queremos mucho!

*Orientador familiar

fmgszy@terra.es

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